Kate begiz: Eider Iturriaga

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Sormena eta argazki proiektuak sortzeko ikastarotik atera den beste argazki proiektu indartsu bat, kasu honetan Eider Iturriagaren lana: Kate begiz.
Lan hau Garraxi Bejeta jatetxean (Egia) ikusteko aukera izango duzue hemendik gutxira.

Gogoratu ikasturte berrirako matrikulazioa zabalik dagoela,
nagore.legarreta@gmail.com

Otro potente proyecto que ha surgido del curso de desarrolo de creatividad y proyectos fotográficos. En este caso el proyecto es de Eider Iturriaga Izarbe Otsogorri: Kate begiz-Encadenados.
Este trabajo también se expondrá en breve en el restauraurante Garraxi Bejeta de Egia.

Recordad que la matriculación para los nuevos cursos está abierta.
nagore.legarreta@gmail.com

 

Proiektuarentzat testua:

Texto del proyecto:

Encadenados

Por Kepa Tamames

Recuerdo haber oído (quizá fue a mí mismo) aquello de que quien quiera mostrarse cruel con un perro acaso no necesite apalearlo, sino atarlo a perpetuidad. Y no me parece exagerada la reflexión, pues pocas cosas hay tan execrables como la extendida costumbre de amarrar a estos nobles seres y olvidarse de ellos, asumiendo un comportamiento que bien merece calificarse de “violencia por omisión”.

Se trata de una forma de agresión tan absurda como repugnante, por cuanto cercena algunas de las necesidades más básicas de la víctima. En efecto, sabido es que nuestros queridos perros son individuos eminentemente sociales, y que en calidad de tales requieren el contacto con los demás (humanos o congéneres; o mejor ambos), formar parte de un clan, establecer roles y castas, mandar y ser mandado: una vida rica en estímulos, en definitiva. Pero la cadena destruye de raíz todo lo que ellos valoran, y de ahí la reflexión inicial.

En la mentalidad de no pocos ciudadanos permanece intacta la costumbre de mantener lo que en algunos lugares denominan perros de puerta –espeluznante etiqueta, no me lo negarán–, en contraposición a otros animales de la misma casa, también perros en ocasiones, a los que se permite completa libertad de movimientos por la estancia. Algunos de ellos incluso pernoctan en el interior, mientras sus desdichados compañeros sufren el calvario constante de la intemperie y la frustración. Simplemente se ata al animal a la cadena cuando es cachorro para que permanezca allí como un elemento decorativo más del entorno.

Todos estos desdichados desarrollan más pronto que tarde manifiestos desequilibrios psíquicos, tras millones de ladridos, intentos inútiles de soltarse y tirones de la cadena. Acaban así por abandonarse a su destino y claudican en su intento, entre incrédulos y humillados. La mayoría no tiene más resguardo de las inclemencias meteorológicas que una triste y apestosa caseta que acumula la suciedad de años. Y la mala alimentación es un punto más que añadir a la lista.

El final es una vejez de achaques y una psiquis derrotada, hasta que una fría mañana no queda más que su cuerpo rígido e inerte.

Por encima de cuestiones de tipo práctico, lo cierto es que no tenemos autoridad moral alguna para condenar a seres pacíficos y amigables a la miseria de la soledad y al triste mundo que ofrecen los dos metros de una cadena mugrienta, tan solo para paliar comportamientos (el robo y el asalto a la propiedad privada) propios y exclusivos de la condición humana, que no canina. Si no somos capaces de respetar a nuestros compañeros de especie y a sus posesiones, en absoluto nos asiste el derecho a utilizar a otros para intentar evitar las indeseables consecuencias de nuestros más bajos instintos.

Ninguna agresión gratuita a los animales queda justificada, pero acaso todavía menos si hacemos víctima de ella a un amigo. Y los perros son viejos amigos; no podría ser de otra forma tras quince mil años de aventuras compartidas. Ello convierte nuestro comportamiento en una infamante deshonestidad.

A nadie le agradaría ser tratado de la forma en que lo son los animales de guarda, por lo que una cierta dosis de empatía también nos viene muy bien en esta ocasión.

 

 

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